Entrevista.
Soy el único becario sin oficina y nadie quiere prestarme su ordenador. Tengo que hacer una entrevista pero carezco de lugar físico para hacerla. Me envían al cuarto de los contadores de la luz. Se trata de una habitación pintada de blanco, con tuberías al aire, una mesa de hierro y dos sillas de época de color rojo. La mujer que solicita la ayuda se sienta frente a mi. Todas sus frases son advertencias que le envía la muerte. Yo debo concretar esas advertencias en un informe y darles una forma administrativa. La mujer vive con una familia que no cree en ella. La mujer tiene una verruga gigante en su mejilla. La mujer cree en mi. Pero su verruga tiene forma de interrogante. Las advertencias de la muerte son, en parte, omisiones de un sistema que no la ayuda. El sistema es un laberinto, y la señora y yo estamos en la casilla de salida, iluminados por la luz de un candil. Doy la apariencia de alguien que sabe, pero por dentro soy otro laberinto sin nadie que me ilumine.
He conseguido un despacho porque su ocupante se ha ido a desayunar. Este despacho tiene forma de capilla ardiente, pero en lugar de muerto hay ordenadores. Intento escribir, registrar todo aquello que la señora me contó con un hilo de voz parecido al hilo de Ariadna. El ordenador se apaga. Lo vuelvo a encender. Escribo. Se vuelve a apagar. Pienso en un pájaro cuyo corazón fuese un reloj, y ese reloj tuviese un corazón que fuese un pájaro. Así hasta hasta el infinito. El laberinto es caminar eternamente desde el corazón del pájaro hasta el corazón del reloj. El ordenador vuelve a apagarse. Es una verruga que engulle las advertencias de la muerte y me impide darles una forma administrativa. Estoy dentro de un reloj que en realidad es un pájaro que en realidad es un reloj, dentro de un despacho que no tiene ventanas, y en donde la muerte me advierte de que el tiempo en esta oficina es infinito para mi pero ha dejado de correr para el resto de los humanos.
He conseguido un despacho porque su ocupante se ha ido a desayunar. Este despacho tiene forma de capilla ardiente, pero en lugar de muerto hay ordenadores. Intento escribir, registrar todo aquello que la señora me contó con un hilo de voz parecido al hilo de Ariadna. El ordenador se apaga. Lo vuelvo a encender. Escribo. Se vuelve a apagar. Pienso en un pájaro cuyo corazón fuese un reloj, y ese reloj tuviese un corazón que fuese un pájaro. Así hasta hasta el infinito. El laberinto es caminar eternamente desde el corazón del pájaro hasta el corazón del reloj. El ordenador vuelve a apagarse. Es una verruga que engulle las advertencias de la muerte y me impide darles una forma administrativa. Estoy dentro de un reloj que en realidad es un pájaro que en realidad es un reloj, dentro de un despacho que no tiene ventanas, y en donde la muerte me advierte de que el tiempo en esta oficina es infinito para mi pero ha dejado de correr para el resto de los humanos.
No hay comentarios: