Reunión.

El exceso de fruta y verdura en mi dieta ha modificado mi actividad intestinal. Mi cuerpo es un recipiente lleno de gas que no podré liberar durante dos horas. A los cinco minutos de comenzar la reunión el gas ha formado varias bolas que oprimen mis vísceras. Si hago movimientos bruscos, siento como si varias agujas se clavaran en mi pecho y mis brazos. Mientras tanto, otro batallón de gases se acumula en mi intestino grueso y espera la orden para ser evacuado. Estamos sentados alrededor de una gran mesa de cristal, en una sala con dos grandes banderas, y un ventanal que va a dar a un patio interior a donde no llega el sol, donde sólo se ven paredes de cemento y un cactus gigante y marchito rodeado de piedras blancas.

Somos doce personas en la sala de reuniones. Mi jefa, encargada de la sección de discapacidad, quiere que viva la experiencia de una reunión en la que se debate a que solicitantes se les concede una ayuda. Soy la persona más intrascendente de la sala. El chico del gusano blanco en la cabeza. Una especie de becario migratorio que aparece y desaparece según los inviernos o veranos económicos que regulan los convenios de inserción sociolaborales. El clima es tenso y nadie me mira.

La concejala viste con una blusa que no sé si es violeta, rosada o granate, y una falda larga de un color indeterminado, otoñal. Me recuerda a la forma de vestir de las testigas de Jehová. Su lenguaje corporal es parecido al de un protagonista de alguna película muda de la década de los 20. Parece que todo el rato vaya a tropezar. Habla de forma atropellada, se equivoca en todo lo que dice. Se le cae todo al suelo: las gafas, los pañuelos, la estilográfica. Trata de no comprometerse a nada y esquiva las miradas. Impone su criterio ignorando las palabras de las técnicas, utilizando su lenguaje corporal como un distractor. Cualquier intento de rebatir sus criterios acaba sofocado por sus gestos y sus palabras torpes. Las técnicas se dividen entre aquellas que viven su trabajo como un servicio al ciudadano y aquellas que lo viven como un servicio a un ente inmaterial al que llaman administración. Estas últimas defienden de manera incondicional a la concejala. Pronto las palabras se vuelven hirientes. Pierdo el hilo de las conversaciones, pero todas están repletas de acusaciones veladas y reproches que aluden a la falta de profesionalidad. En otra coyuntura quizás aprendiera algo de esta lucha de poderes, pero estoy concentrado en mis pedos. Sé que si sigo reprimiéndolos moriré.

Cuando llevamos cuarenta y cinco minutos, comienzan los gritos y los aspavientos. La concejala saca un pañuelo y se limpia las gafas. Se le caen al suelo. Al ir a recogerlas se le cae un bolígrafo. Un técnico se agacha y choca contra la cabeza de la concejala. Mi jefa discute a gritos con la aparejadora municipal. Los gases oprimen tanto mi antebrazo que casi no puedo moverlo. Me gustaría tirarme un pedo. Si tuviera la certeza de que no va a oler lo haría. Pero mi reputación de trabajador que lleva gusanos en la cabeza me inhibe. Quiero pasar desapercibido.

Cierro los ojos, me duele todo el cuerpo. Siento un metal pesado y frío, como si fuese mercurio, envolviendo mi pecho.  Mi corazón se acelera. Una gota de sudor se desliza por mi patilla. Creo que los gases me están envenenando las vísceras. Durante unos segundos dejo de pensar. Entonces veo una luz entre tinieblas y distingo los contornos de mi tía y mi abuela. No las veía desde aquel sueño de mi adolescencia en el que venían de la muerte convertidas en zombis. Pero ahora su presencia parece más real. Mi tía me dice con voz clara y dulce que no tema, que haga lo que tenga que hacer. Mi abuela me dice que ellas siempre me querrán, en cualquier contexto, aunque en vez de becario hubiese sido dictador. La presencia de ambas me reconforta, pero no puedo evitar sentir miedo. Esto no es así, les respondo. Estoy en un lugar oficial y no puedo abstraerme de los valores que me han inculcado. Están tan dentro de mi que si me los arrancara me volvería loco. Mi tía me interrumpe. Nadie en esta sala puede verte como te vemos nosotras. Para cualquier persona que trabaje aquí solo formas parte del paisaje. Los funcionarios interpretan el estado de la materia desde parámetros rígidos y exclusivos. Libera tu carga, nadie sabrá qué es. Son almas en pena, sus vivencias jamás formaran parte de ti, ni lo que hay en tu interior formara parte de las suyas.

 Abro los ojos.  Los gritos a mi alrededor continúan, pero algo dentro de mi ha cambiado. Durante un minuto evacuo de forma controlada y silenciosa parte de las ventosidades que han congestionado durante una hora mis órganos vitales. Recupero cierta movilidad en las extremidades, aunque me sigue molestando la sensación de agujas en el pecho y los brazos. Creo que son pedos inodoros por su temperatura, poco cálida, y la forma en que percibo su tránsito a través de la piel del interior del culo: no son esos pedos estridentes y afilados que parecen desgarrar la carne, sino confortables y suaves como un canto gregoriano. Me gustaría atestiguarlo a través del sentido del olfato, pero no puedo porque lo perdí  hace años a causa de la rinitis crónica.

La reunión finaliza a las dos horas. A esas alturas ya he perdido el hilo de la discusión desde hace algún tiempo. Las demás tampoco parecen haberse percatado de mi sufrimiento. Por suerte para mi nadie ha nombrado la palabra pedo. Trato de recuperar mi lugar en la realidad y reflexiono sobre mi visión.  He deducido tres cosas. Carezco de la sustancia que debe conformar el espíritu de un funcionario. No accederé a un purgatorio en el que se reserva el derecho de admisión. Estoy solo en un lugar terrible al que por suerte no puedo entrar del todo y siento que es lo correcto.

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